style="mso-bidi-font-weight: normal">

size=3> style="mso-spacerun: yes">  style="mso-spacerun: yes"> La Anciana "urn:schemas-microsoft-com:office:office"
/>


size=3>El hombre de piel verde levantó la cabeza y
pidió la palabra alzando su mano. La mujer que dirigía la reunión, asintió en
silencio.

size=3>— …Una familia en las afueras de Hebrón
recibió a un mendigo; le brindaron comida y alojamiento, la dueña de casa lavó
sus pies, le ofreció la cama del matrimonio y lo arropó antes de dormir. A la
mañana siguiente, antes de marcharse, el hombre les obsequió su única
pertenencia; un puñado de semillas para sembrar en primavera. Lo hicieron y al
poco tiempo nacieron plantas parlantes que pronunciaban a la perfección pasajes
de la Ley. Las mantuvieron en secreto, pero un vecino los descubrió y avisó al
Sanedrín. Los ancianos llegaron a examinarlas; arbustos pequeños de hojas
fibrosas y muy finas, parecidas a cabellos; sus ramas semejaban brazos humanos y
en la mitad de sus troncos extrañas prominencias daban a luz seres verdes que
cantaban alabando al Mesías y anunciando su pronta llegada. Los sacerdotes las
destruyeron y antes de morir, los retoños cantaron a coro trozos del
Eclesiastés… Esto ocurrió en el pasado mes de Nisán, al comienzo de Pésaj, y son
muchos los testigos de estos hechos que acontecieron a pleno sol en la ciudad de
Hebrón.

size=3>—Hermano, lo que has narrado se une a otros
hechos igualmente asombrosos —el hombre de piel negra y de labios blancos como
la leche, habló con tono grave—Desde hace algún tiempo, el sol que ilumina la
tierra de los hombres deja escapar pájaros verdes. Algunos vuelan hacia atrás,
otros entonan notas extrañas y muchas bandadas arden en llamas …

—El
universo tiene dolores de parto y la Anciana de la Tierra y los días, que sabe
de nacimientos, conoce una historia —interrumpió el hombre de piel dorada y
labios negros

face="Times New Roman" size=3> 

size=3>Los tres callaron y miraron a la que
llamaban Anciana; una mujer joven y
hermosa de largos cabellos rojos; sentada frente a ellos, vestía túnica azul. En
sus pies desnudos, un par de soles amarillos recogían los rayos del astro que
refulgía en el cielo negro, junto a la luna llena. Desde sus plantas, dos
esmeraldas despedían gruesos rayos de luz. Antes de hablar, miró a todos; sus
ojos parecían dos almendras brillantes.

—En el mundo de los hombres una
mujer embarazada caminaba todas las tardes hasta un pozo cercano a su casa para
recoger agua. Su imagen me llegaba diariamente al nido que ocupo junto al sol
verde en el centro de la tierra. Desde allí podía ver las plantas de sus pies;
en cada una de ellas, del talón a los dedos, nadaban sin cesar dos peces vivos.
Mientras llenaba su cubo, la visitaban hombres extraños que no eran su esposo ni
otros familiares. Altos, con halos de luz en sus pechos y en sus cabezas, las
plantas de sus pies estaban llenas de círculos, cruces y cuadrados que se
alternaban y giraban como si estuvieran vivos. Siguiendo las leyes del invierno,
yo había envejecido; mi piel se arrugaba y en mi cabeza, los cabellos caían a
mechones. Para encontrarme con la mujer, invoqué a las sombras y al sopor,
porque mi sueño es la vigilia de los hombres. Cuando estuve preparada, decidí
trepar a la superficie; el invierno había avanzado y tenía pocas fuerzas; mis
dientes habían caído, mi vista estaba debilitada y apenas podía caminar. Llegué
jadeando junto a la mujer que marchaba apoyando en su cintura la jarra de agua.
Cuando estuve frente a ella, el costado derecho de mi cuerpo se curvó en una
horrible joroba.

size=3>— ¿Estás bien, anciana? —preguntó; contesté
que sí y ambas nos miramos fijamente.

size=3>—Siéntate en esa roca que lavaré tus pies…
—me ofreció —por aquí cerca crece una planta que puede aliviar parte de los
males de tu vejez.

Obedecí, ofreciéndole mis pies llagados y deformes.
Ella cortó hojas moradas de un arbusto cercano, se acercó al brocal, sacó una
escudilla, volcó agua del cántaro que llevaba y dejó macerar las hojas durante
unos instantes. Después tomó un paño blanco, lo ajustó a su cintura y me ofreció
la jofaina. Apenas hundí mis plantas, pequeñas lunas escaparon de mis dedos, y
llenaron de luz el agua del recipiente. La mujer me miró con asombro, pero no
dijo nada. Sus manos acariciaron mis pies y ellos rejuvenecieron, aunque el
resto de mi cuerpo seguía sufriendo la terrible
vejez.

size=3>—Te he visto en mis sueños —fijó en mí sus
ojos grandes e inocentes —Sé que me observas cuando voy a recoger
agua…

size=3>—Es cierto lo que dices. Yo soy la Anciana
de la Tierra y de los Días y tu sueño es mi vigilia. Tienes peces en las plantas
de tus pies, peces vivos que nadan alegremente desde tus dedos hasta el
talón.

size=3>—Es verdad, Anciana; hay hombres que bajan
del cielo y me visitan por mi embarazo, pero también por causa de esos peces. Sé
que son ángeles, aunque no lo digan. Converso con ellos, pero no confío. Sabes
que las mujeres debemos ser discretas ante los hombres. Además, soy casada, los
vecinos son curiosos y puedo tener problemas…

size=3>—¿Y qué dicen los ángeles que se presentan
ante ti?

size=3>—Afirman que seré la madre de una población
incontable, no sólo de judíos, sino de todas las razas… Agregan palabras que no
llego a comprender, pero eso es normal en las profecías.

Las lunas
plateadas seguían escapando de mis pies. La muchacha retiró el agua y al
arrojarla sobre la tierra, formó un arroyo brillante que corrió por la llanura.

size=3>— ¿Quién eres anciana? Tus pies brillan como
el metal precioso.

—Ya te lo dije; soy la mujer que habita en el centro
de la tierra. Las criaturas me llaman la Anciana de la Tierra y de los Días. Por
las noches verás sobre los campos una niebla verdosa; con esa forma penetro en
tus huesos y en los huesos de los hombres. He venido hasta ti, ya que tu hijo
por nacer es maravilloso…

size=3>La muchacha siguió frotando mis pies y sus
manos chorrearon luz plateada. Antes de volver a hablar, bajó la cabeza, se
sonrojó y luego me miró con ojos preocupados.–

size=3>—Sé que te intrigan los peces de mis pies.
Hasta ahora no se lo he contado a nadie y hoy quiero que sepas la verdad… el
recuerdo de lo ocurrido es una espina que se clava en mi
pecho…

size=3>Secó mis pies y el crepúsculo cayó sobre la
llanura de Nazaret. Sólo estábamos nosotras, el silencio y el cielo.
..

size=3>La Anciana calló. Los hombres la escuchaban
inmóviles, con la cabeza baja. El sol había dejado de arrojar luz sobre sus
plantas y trazaba una lenta vuelta alrededor de la luna. La mujer se acomodó
antes de continuar.

size=3>—He retenido las palabras de esa mujer en mi
memoria; repetiré su relato tal como lo he oído.

style="mso-bidi-font-style: normal">Cuando era niña vivía a orillas del Mar de
Galilea, donde moraba un pez gigante al que llamaban Leviatán. Los pescadores
narraban mil historias acerca de su ferocidad, pero nunca se ponían de acuerdo
sobre su forma, medidas y color; algunos decían que era el propio Satanás dentro
del lago y otros lo veneraban como una aparición de Dios, bendito sea su nombre.
Una vez cada diez días, el pez, mostraba su lomo brillante bajo los rayos del
sol. Entonces, las barcas preparaban sus redes, dispuestas a capturarlo, pero
Leviatán siempre escapaba.

style="mso-bidi-font-style: normal">El
día en que cumplí cinco años, mi madre me llevó a la orilla del mar para admirar
la luz dorada del atardecer. De pronto, surgieron de las aguas las enormes
escamas de Leviatán. Mi madre casi grita de terror, pero yo no tuve miedo; el
pez se mostraba ante mí en el aniversario de mi nacimiento. Como un relámpago,
salió del agua y pude verlo por completo; verde y blanco, era una mezcla de
serpiente y pájaro y un par de alas le servían para desplazarse en el agua. El
monstruo se hundió y siguió exhibiéndose por partes; un ala, un flanco, el lomo…

style="mso-bidi-font-style: normal"> face="Times New Roman">Desde ese día hasta los catorce años, soñé con el pez y
cada noche las imágenes eran más nítidas y reales; Aumentaban en el mes de
Nisán, cuando empezaba la primavera y había olor a polen y a flores. Yo me
levantaba en medio de la noche, caminaba hasta el lago bajo la luna redonda y
enorme y me hundía en las aguas. Entonces aparecía Leviatán, llamándome por mi
nombre; “¡María! ¡María…!”; me subía a su lomo y me aferraba a sus escamas;
sabes, anciana, que la sangre de los peces es fría, pero la suya ardía hasta
quemarme. En el sueño, viajaba con él a océanos lejanos, donde el aire era
violeta y el agua de un verde brillante. En esos mundos no había hombres; sólo
serpientes enormes, árboles que hablaban y mariposas altas como
montañas.

style="mso-bidi-font-style: normal">
face="Times New Roman">Durante el día, escapaba a la orilla del mar con la
esperanza de ver el pez y por las noches me ocultaba detrás de las puertas para
escuchar a los pescadores amigos de mi padre. Hablaban de sus apariciones y
cuando pronunciaban su nombre – Leviatán - sentía fuertes escalofríos y un
vértigo en mis brazos y piernas. Los hombres del mar no sabían mucho de él y los
que decían haberlo enfrentado, eran bravucones y fanfarrones.

Al cumplir
catorce años, soñé por primera vez con el rostro del pez; me miró fijamente con
uno de sus ojos y me ordenó seguirlo. Esta vez desperté en mitad de la noche, me
levanté y me asomé a la ventana; había luna llena. y el aire olía a oliva. La
casa estaba silenciosa; mis padres y mis hermanos dormían. Con mucho cuidado,
abrí la puerta y salí al sendero; tan sólo se escuchaba el ruido del mar
golpeando contra las maderas de las barcas. Me vestí con mi túnica y caminé
descalza, sintiendo como las hojas de pino frescas se pegaban en mis plantas.
Luego pisé el barro; había llovido y los senderos estaban cubiertos de lodo.
Llegué al lago y me detuve junto a la superficie cristalina; caminé hasta un
terraplén que daba sobre las aguas y allí aguardé de pie bajo la luna que giró
varias veces en el cielo. Luego de un par de horas, me sentí inquieta; cualquier
peregrino que pasara por el lugar o mis propios padres podrían descubrirme. Me
disponía a marcharme, cuando lo vi surcar el agua como una exhalación. Se
hundió, emergió a pocos metros del terraplén, sacó su cabeza y me miró con su
enorme ojo, idéntico al del sueño. No lo pensé más; me quité la ropa, me arrojé
al agua y nadé tras él.

style="mso-bidi-font-style: normal"> face="Times New Roman"> style="mso-spacerun: yes"> 

style="mso-bidi-font-style: normal"> face="Times New Roman">Apenas me sumergí, la luna se arqueó sobre el lago, lo
cubrió de reflejos y sentí que entraba a una ciudad de luces. Como en mi sueño,
el agua estaba tibia y llenó mi boca de un fuerte sabor a miel. Por momentos,
Leviatán era amarillo; pasaba a un rojo incandescente y terminaba en un azul
brillante. De pronto se detuvo; advertí que la orilla había quedado muy atrás y
sentí miedo de no poder regresar; el pez pareció adivinarlo, avanzó, abrió su
ala derecha y al llegar a mi lado, bajó su cabeza como haciendo una reverencia;
luego la levantó para mirarme con expresión implorante y volvió a bajarla.
Deseaba que lo acariciara. Me asomé para respirar; él sacó su cabeza y la acercó
más a mí; estaba a mi alcance, pero vacilé; supe que al tocarlo ocurriría algo
terrible, pero mis brazos y mis piernas deseaban separarse de mi cuerpo para
acariciarlo. Pensé que si lo tocaba con mis pies, el resultado no sería tan
terrible; me bastó estirarlos y por un momento rozaron su piel rugosa. Te
aseguro, Anciana, que lo escuché gemir de placer y dolor y todo mi cuerpo vibró.
Un momento después, el cielo se llenó de nubes y los truenos bramaron. Supe que
al acariciar a Leviatán había abierto puertas que debían permanecer cerradas. El
pez me miró con expresión extraña y abrió y cerró sus alas para que la corriente
me arrastrara hacia la orilla

Al amanecer llegué a la playa y me desmayé
en la arena. Unos pescadores me encontraron y me llevaron con mis padres que me
buscaban desesperados. Conté a mi madre la aventura con el pez y entonces llamó
a los sacerdotes del templo para que expulsaran los demonios de mi cuerpo.

size=3>La mujer calló, bajó la cabeza y lloró
suavemente. Entonces levanté su rostro e hice que me mirara a los
ojos.

size=3>—¿Por
qué lloras? —
Pregunté —todo salió
bien, sobreviviste a la aventura.

style="mso-bidi-font-style: normal"> face="Times New Roman">Ella negó con la
cabeza.

style="mso-bidi-font-style: normal"> face="Times New Roman">Eso no importa, Anciana; hubiera preferido morir...
Aquella noche soñé que el mar se había convertido en un desierto; la arena se
extendía de horizonte a horizonte debajo de un sol pálido. Llamé
desesperadamente a Leviatán y sólo me respondió el eco. Desperté antes de la
madrugada y escuché risas en la otra habitación; los pescadores conversaban
entre ellos.

style="mso-bidi-font-style: normal"> face="Times New Roman">—…Jacob, vuelve a contarnos cómo lo hiciste

style="mso-bidi-font-style: normal"> face="Times New Roman">—Estaba furioso, quería derribar mi barca y abría su boca
enorme, dispuesto a tragarme. Entonces lo enfrenté con mi arpón; era un
habitante del averno, el mismo Belial con forma de pez. Fue una lucha feroz;
tuve que clavar la pica tres veces en su lomo para
matarlo…

style="mso-bidi-font-style: normal"> face="Times New Roman">Supe que hablaban de Leviatán y me levanté. Mi madre,
atenta a mi sueño, me detuvo antes que llegara a la puerta, pero la eludí y
corrí hacia la playa. En la arena, la gente estaba reunida alrededor de su
cadáver. Luché por acercarme a él y lo logré; el pez tenía los ojos abiertos y
parecía mirarme con la última expresión de súplica que había visto un momento
antes de tocarlo con mis pies.

style="mso-bidi-font-style: normal">
face="Times New Roman">Volví a mi casa y lloré durante días, negándome a hablar
y a comer; al poco tiempo descubrí los peces en mis plantas. Al principio fue un
cosquilleo muy leve, hasta que una mañana al despertarme, los encontré
agitándose debajo de mi piel; por primera vez en muchos días sentí alivio;
aquella era la herencia que me había dejado Leviatán.

style="mso-bidi-font-style: normal">En
los días que siguieron, el mar se vació de peces. Los pescadores salían
diariamente con sus barcas sin resultado alguno. Suplicaban a Dios, orando a voz
en cuello, pero era inútil; ni los más ancianos recordaban una penuria como
aquella. Ensayaron todo tipo de sortilegios y a pesar de la prohibición,
llamaron a adivinos y nigromantes, sin ningún resultado. Una mañana, el pescador
más viejo gritó en la plaza del pueblo que aquel era el justo castigo por haber
matado a Leviatán. Entonces mi padre intervino; exhibió los peces de mis plantas
y me presentó como la heredera del
monstruo.

style="mso-bidi-font-style: normal">Me
pidieron que los acompañara en la pesca; style="mso-spacerun: yes">  style="mso-spacerun: yes"> permanecería sentada en cubierta y en
todo momento, mis pies debían tocar el agua. Esto, Anciana, no era común; se
cree que la presencia de una mujer en una barca, aunque se trate de una niña,
trae mala suerte, pero muchas familias sufrían hambre y el mar continuaba vacío
de peces.

style="mso-bidi-font-style: normal"> face="Times New Roman">Salimos antes del amanecer, y al poco rato de navegar,
los peces llegaron de todas partes buscando mis pies; enseguida llenaron las
redes y aquella tarde, las barcas volvieron a tierra cargadas como nunca. Hubo
una fiesta en la que fui la invitada de honor. Los sacerdotes me presentaron
como una virgen consagrada y convocaron a los hombres del pueblo para determinar
quién sería mi esposo; la suerte le tocó a José, el carpintero y poco después
celebramos nuestros esponsales….

size=3>María dejó de hablar. Caía la tarde sobre
Nazaret y ambas quedamos en silencio.

size=3>—Quiero estar contigo a solas- le pedí a la
mujer —Tengo una bendición especial para tu hijo…

—Ven a mi casa,
anciana. Esperaremos a mi esposo; llegará de trabajar en la noche y estará de
acuerdo que te quedes el tiempo que necesites.

size=3>Su casa quedaba cerca del pozo; caminamos
hasta allí y cuando estuve a solas con ella, le ordené que se desnudara. Estaba
hermosa con su cabello suelto, las mejillas rojas; el vientre apenas abultado,
sus carnes blancas como la leche y sus senos pequeños; en el pubis mostraba
apenas una leve sombra de vello. Le pedí que se acostara y puse mis pies en su
vientre, trasmitiéndole la Semilla Arcana —al decir esto, los hombres levantaron
sus cabezas y la miraron asombrados— El niño que nacerá es un pez, pertenece al
agua y les recuerdo que el agua es la expresión más profunda de mí misma. Esa
semilla permitirá que María dé a luz con la bendición de la
tierra…

size=3>Los hombres susurraron entre
ellos.

size=3>—Anciana; no sabíamos de alguien que haya
recibido la Semilla Arcana. Cuéntanos sobre
eso…

size=3>— La semilla se encuentra en mis pies y
encierra la vida de los hombres y de los astros. Es muy pequeña, del tamaño de
un grano de mostaza, pero como ocurre con el árbol, cuando crece es gigantesco.
Llevo varias en mis plantas; cuando María estuvo desnuda, las apoyé en su
vientre y una de ellas entró alegremente a sus entrañas.

La Anciana
levantó sus pies y dirigió sus plantas hacia los hombres; por debajo de las
diademas que brillaban en el centro, refulgían las Semillas Arcanas que subían y
bajaban entre el talón y los dedos.

size=3>—La semilla, con todo su poder, fue apenas
una gota de luz que se trasmitió de mi carne a la suya. Al entrar, sentí como un
suave bramido el estrépito de los mundos que se precipitaron a su vientre, se
derramaron en su interior y bañaron al niño por
nacer

size=3>La mujer hizo silencio; miró a los hombres
con un gesto pensativo y volvió a hablar.

style="mso-bidi-font-weight: normal"> face="Times New Roman">—Deben saber, hermanos, que las señales que se leen en el
cielo, en el aire y en la tierra, anuncian el nacimiento de ese niño. Luego de
esta asamblea de la Hermandad del Pez, donde convivimos fantasmas, dioses y
seres humanos, debo regresar a la superficie a vivir junto a María sus últimas
lunas y después atender su parto.

size=3>En el cielo, el sol y la luna vibraron
alegremente; más allá se levantaba un anfiteatro con gradas que parecían vacías,
pero luego de las palabras de la Anciana, llegó desde ellas el murmullo de una
multitud invisible. El hombre negro se puso de pie y volvió a hablar. Sus labios
blancos vibraron como si fueran a derramarse.

size=3>—Es cierto lo que dices, Anciana; el
universo se agita por ese niño. Esperamos ese nacimiento desde tiempos
inmemoriales. No nos guió una estrella, sino el humo verde que destilan tus
huesos y los huesos de los que descansan bajo la tierra. Seguimos a los
escarabajos que cavan y amasan bolas de humus. Escuchamos el lenguaje de las
raíces de las plantas, porque son ellas las que guían al cielo. Miramos los pies
de los hombres, porque ellos te pertenecen. Amamos el firmamento. Amamos las
criaturas celestes, que a través de la escala suben y bajan del horizonte, pero
crecemos desde la tierra. La vida es lo más sagrado. Sin ella, los dioses no
tendrían sustento. …

size=3>Siguió hablando, pero la anciana no escuchó
sus palabras. El sueño la llevó por senderos tenebrosos hasta llegar a su cueva,
cerca del sol verde en el centro de la tierra. No tendría mucho tiempo para
descansar; debía regresar a Nazaret.

face="Times New Roman" size=3> 

style="FONT-SIZE: 12pt; LINE-HEIGHT: 150%; FONT-FAMILY: 'Times New Roman'">  face=Arial size=2>Ricardo Iribarren

style="FONT-SIZE: 12pt; LINE-HEIGHT: 150%; FONT-FAMILY: 'Times New Roman'"> face=Arial size=2> 

style="FONT-SIZE: 12pt; LINE-HEIGHT: 150%; FONT-FAMILY: 'Times New Roman'"> face=Arial size=2>Registro Nacional de Derechos de Autor Nº id=lbFINALP1>:1-2009-7280 
Colombia